El día de hoy cerramos nuestro viaje por el mundo de los polinizadores, y por tanto, queremos hablar un poco más en detalle sobre las aves, las cuales, como mencionábamos en nuestro artículo inicial “Polinización: El Viaje del Polen y sus Héroes Invisibles”, tienden a ser héroes ocultos, ya que para la mayoría, polinizador es sinónimo de abeja.
Al igual que las mariposas, estos bellos seres han adaptado su fisonomía, más exactamente sus picos (largos o curvados), a la forma de las flores que polinizan, lo que les permite extraer néctar de manera eficiente mientras transportan polen de una flor a otra.
Sin embargo, al compararlas en términos de eficiencia, dichas aves llevan la ventaja, ya que logran transportar grandes cantidades de polen en sus picos y cabezas, lo que, a su vez, les permite tener contacto directo con los órganos reproductivos de la flor, aumentando la probabilidad de transferencia de polen. Y lo mejor: su habilidad de volar largas distancias y visitar muchas flores al día permite la polinización cruzada entre plantas alejadas.
Si bien las aves especializadas en esta función son aquellas que se alimentan de néctar, como mencionábamos anteriormente — ejemplos son los colibríes, los mieleros y los loros —, en un plano secundario, las aves que se alimentan de frutos también aportan a la polinización de manera indirecta. Estas, a su vez, promueven la formación de bosques, ya que actúan como dispersores naturales de semillas. Al alimentarse de frutos, muchas especies transportan en sus estómagos semillas a nuevos territorios, que luego expulsan al defecar, facilitando así la regeneración de los ecosistemas.
Este proceso es clave para mantener la biodiversidad y asegurar que los bosques sigan existiendo en el futuro. Sin estos dos tipos de aves, muchas plantas tendrían dificultades para reproducirse y expandirse, lo que afectaría todo el equilibrio del ecosistema.
Referencias:
Garcia, D., Zamora, R., & Amico, G. C. (2010). Birds as Suppliers of Seed Dispersal in Temperate Ecosystems: Conservation Guidelines from Real‐World Landscapes. Conservation Biology, 24(4), 1070-1079. https://doi.org/10.1111/j.1523-1739.2009.01440.x